Por dónde empezar a escribir… Son muchas las emociones que
se agolpan en mi ser; emoción, alegría, satisfacción, orgullo, y hasta cierta
serenidad, pero a la vez siento bronca, impotencia, tristeza… todo esto me
lleva a escribir estas líneas, porque no puedo quedarme callada, no puedo
guardarme todo esto y no hacer nada.
Quiero transmitirlo, agregar mi granito de arena, para que
se tome conciencia, para que no pasen más estas cosas, para empoderar a las
parejas que van a tener un bebé. Que se
animen a pedir lo que por derecho les corresponde, ser protagonistas del
nacimiento de sus hijos, que las dejen parir, que pidan el tiempo que necesitan,
intimidad, protección del proceso natural y fisiológico… y esto no es pedir
demasiado.
Soy Inés Cassagne, tengo 50 años, tuve 4 hijos hace 26, 24,
20 y 18 años. Hace tres años que empecé a trabajar como educadora prenatal siguiendo
el método de Brígida Morgenroth, quién me preparó durante mis embarazos, con
tanta sabiduría, calidez y amor. Para mi fue tan importante que desearía que
cada mujer llegue al parto y a la maternidad con la confianza y la tranquilidad
con la que yo pude llegar. En este camino estaba, cuando buscando instruirme y
aprender más, descubrí a las doulas. No tenía idea de su existencia. Me anoté
en un curso y me fasciné con la idea de llegar a ser una de esas maternales
mujeres, que en silencio, con mucho amor, trabajan para mejorar los
nacimientos, para que cada pareja elija lo mejor, según sus creencias y deseos,
para el nacimientos de sus hijos. Ellas protegen el momento más importante y
sagrado de la vida de las personas. Y así me embarqué en este viaje,
estudiando, leyendo, haciendo otros cursos, poniéndome en contacto con ellas,
enriqueciéndome de la experiencia y estilos de cada una.
Pero puedo ver cómo han cambiado las cosas(algunas para
mejor y otras para peor), o yo tuve suerte con los médicos que me tocaron. Mis
tres primeros hijos nacieron en el Sanatorio Mater Dei, el obstetra que me
atendió durante el embarazo y asistió el parto fue el Dr. Ángel Fiorillo y la
partera, que era de guardia pero siempre tuve la bendición de que fuera la
misma y la que yo quería, fue Marta Arias. Mi cuarta hija nació en San
Francisco, Córdoba, y mi médico fue el Dr. Daniel Casermeiro y no me acuerdo el
nombre de la partera pero era una genia, super respetuosa, hasta me ayudó a no tener
episiotomía, que fue la única práctica médica que me habían realizado con los
otros tres. Habiendo recibido la preparación me sentía segura de que no quería
la peridural, que solo la pediría si la necesitaba (pero realmente no estaba en
mis planes). ¡¡Nadie me la ofreció!! Nunca me pusieron una vía, ni suero, ni
perfusión de oxitocina para inducir. Aún con bolsa rota desde las 20 hs , en mi
primer embarazo, estuve internada desde las 0.30,con un ingreso con 2 cm de
dilatación y con las contracciones que habían desaparecido, hasta la 15.30 que,
sin ninguna intervención, solo un monitoreo intermitente, empezó, sólo, el trabajo de parto. En todas
esas horas nadie vino a molestar, me dieron libertad para moverme, solo me
trajeron un té porque en esa época todavía se pensaba que no había que comer, y
a las 17.35 nació mi beba, con 4,175 k, en la semana 40.
En el parto de mi
segunda hija recibí el mismo trato. En un momento, cuando ya no daba más pedí
la peridural, pero la partera que sabía que yo en el fondo no la quería y
apoyada por mi marido, y entendiendo ese “no doy más” como el momento de la
transición, el momento final y más corto, con mucho tino me hizo meter en la
ducha, sentada en un banquito con el chorro que me daba en la espalda. Fue
maravilloso y aliviante! Caminando fui a la sala de partos! Allí la beba de
41.2 semanas, tenía que girar y estaba alta. Los dolores eran muy intensos y la
beba se movía mucho entre contracciones. ¡Claro, estaba girando! Nadie
intervino, nadie me asustó, nadie nombró la palabra cesárea! Solo me hicieron
un tacto para ayudarla a girar. Esperaron y así nació Ine, con 4,500 k. El
médico, que no era el mío ya que estaba de viaje, después me dijo: “si hubieras
sido mi paciente, te hacía una cesárea”. La espera se la debo a la partera. Yo
vivía en ese entonces momentos difíciles en mi matrimonio y problemas laborales
y económicos, y es probable que me estuviera costando dejar que esa beba
llegara a este mundo que no me era fácil, pero la preparación me ayudó a tener
la fortaleza y tranquilidad para poder parir(y esto para ver cómo una situación
determinada puede inhibir el proceso). En este parto lo pedí, y me dejaron
parir en el sillón, cosa que era muy raro en esa época.
Con el tercero fue aún mejor porque además era más chiquito,
nació con 3,300 k. Y con la cuarta, de 3,800 k, fue muy rápido, me interné a
las 6.30 y nació 8.30. Fue tan rápido que la partera no me creía y no me quería
revisar, y cuando logré que me hiciera caso tuvimos que ir a la sala de
partos(esta vez en silla de ruedas porque la presión era tan fuerte que no
podía caminar).
Como ya mencioné, la única práctica médica fue la
episiotomía, que no se cuestionaba mucho en esa época. Hoy en día se sabe que
es mejor un desgarro que el corte, aunque todavía hay muchos que la practican
por rutina. También recibí enema en el primero, rasurado en el primero y
segundo, e hicieron corte inmediato del cordón en los cuatro, todas prácticas
que gracias a Dios se han dejado de hacer en general.
¡Realmente me siento bendecida! Tuve la oportunidad de saber
que me podía preparar, porque mi madre se había preparado con sus 9 hijos con
Brígida, además de haber trabajado con ella por 12 años, y dos de mis hermanas
también habían asistido al curso. También tuve la oportunidad de hacer gimnasia
durante el embarazo. Por otro lado me tocaron profesionales que supieron
esperar, que no apresuraron los procesos, que confiaron en la fisiología y en
lo que yo podía lograr, no solo porque mi cuerpo fue diseñado para parir como
el de cualquier mujer, sino que sabían que estaba informada, preparada para
manejar el dolor con la relajación y la respiración, y así dejaron que yo
viviera ese proceso como tenía que ser.
Ahora que acompaño a las embarazadas soy más consciente de
lo que viví en los nacimientos de mis hijos, y en la manera que fui respetada.
Escucho sus relatos y veo cómo, a pesar de estar informadas,
preparadas, teniendo claro cómo desean traer al mundo a sus hijos, no se las
respeta, no se las espera, se las asusta. Llegan a la institución con poca
dilatación y les ponen oxitocina sintética. Pero es que son primerizas, no
saben aún exactamente cuándo ir… ¿No saben los médicos y las parteras sobre la
fisiología, sobre las hormonas naturales necesarias? ¿Por qué acelerar? ¿Por qué
poner fecha de vencimiento si se sabe que cuando el bebé está listo para
respirar por si solo libera una sustancia que provoca la liberación de
oxitocina para que comience el trabajo de parto? Con la oxitocina sintética no
viene la gratificación de las endorfinas, el alivio… ¿Cómo manejar así el
dolor? Ah! Con peridural… No voy a entrar a enumerar la catarata de
intervenciones, que quizás terminan en una cesárea. Y no estoy en contra de la
cesárea, cuando es necesaria, ni tampoco en contra de la peridural que en algunos
casos se necesita. Solo los pongo a reflexionar sobre la cantidad de cesáreas
que se podrían haber evitado, solo con darle a la mujer las condiciones para
que el parto se desencadene: protección, intimidad, silencio, luz baja,
libertad de movimiento, la posibilidad de sumergirse en una bañadera (o por lo
menos una ducha), un solo acompañante, o dos que mantengan el nivel de
adrenalina muy bajo… Como dice Michel Odent: “una doula o una partera que esté
sentada en un rincón tejiendo o durmiendo”, “el parto no es un proceso al que
hay que ayudar, es un proceso fisiológico involuntario al que hay que
proteger”.
No quiero terminar mi reflexión sin contarles el motivo que
me llevó a escribir.
Hace dos días fui a
acompañar a una pareja que me contrató como doula. Durante 4 meses asistí a su
casa, una vez por semana, para hacer una hora de gimnasia y una hora de curso
(muchas veces era más de una hora). Esta pareja muy conectada, sensibles, con
un interés único como no he visto, disfrutaron, tanto como yo, de cada
encuentro. Tengo que decir que muchas veces me iba emocionada de verlos
trabajar tan bien, y el ánimo se me iba por las nubes pensando en que valía
realmente la pena el viaje que hacía para llegar a su casa. Con tanto amor y
conciencia esperaban el nacimiento de su bebita, que hasta último momento no
tenía nombre. Con mucha alegría me recibían cada martes, para aprender más,
para conectarse con lo que estaban viviendo en cada etapa del embarazo, entre
ellos como pareja, cada uno consigo mismo y sus historias, con su tan adorada
bebé que estaba en la panza. Durante la práctica de la relajación podía sentir
tanta paz.
Cada día los veía más confiados, más empoderados, seguros de
lo que querían, a pesar de la contra que recibían de su entorno. Y así llegó el
momento de realizar su plan de parto. Creo que se informaron más que yo para
hacerlo. Cada punto fue estudiado y reflexionado. Juntos terminamos de darle el
toque personal, acorde a sus preferencias.
En la semana 37 decidieron no atenderse con el médico que
los seguía, e ingresar al Sanatorio Anchorena por guardia cuando llegara el
momento, por lo que el plan de parto se hacía fundamental para que el/los que
la recibieran tuvieran en claro qué era lo que deseaban, además de mostrarles
que sabían y estaban informados sobre los procedimientos y sobre a lo que al
proceso del parto se refiere.
En la última consulta con el médico, monitoreo en perfecto
estado, el día miércoles, con una eco de hacía unos pocos días con líquido y
placenta también perfectos, él les dice que ya casi en semana 41, el sábado se
tendrían que internar. Como no se iban a atender con él, deciden esperar, pero
el sábado a las 8 de la mañana pierde el tapón mucoso con algo de sangre.
Cuando me lo informa a las 9, le digo que no se preocupe, que es normal algo de
sangre y que no le diga a nadie y se quede tranquila, haciendo vida normal. Ya
hacía unos días que tenía dolores como menstruales. Todo se iba preparando y
solo había que esperar…
A las 11 de la mañana
las contracciones eran cada 3 minutos y duraban 1 minuto y no eran muy
dolorosas.
Llegué a la casa a las 13.45 y estaba en la bañadera. Apagué
la luz, puse música (la que usábamos en las clases para la relajación) y el
papá prendió un par de velas. Me senté en un rincón con los ojos cerrados. Ella
estaba tranquila, respiraba profundo en cada ola uterina, y el papá también se
relajó en un costado. El ambiente estaba calentito, calmo.
Pasadas una hora y media de estar ahí, salió, yo me fui y el
papá la ayudó a cambiarse. Quiso meterse en la cama, semisentada, acomodada con
almohadones. Todavía hablaba algo entre contracciones, comió algo, tomó agua.
A las 14.45 las contracciones se hicieron más intensas,
tenían una duración de 1,25 minutos y eran cada 3 minutos. Pasó a sentarse en
la pelota y con algunos movimientos seguía muy tranquila respirando profundo,
se apoyaba en el marido. A eso de las 15.30 dijo que estaba cansada y les
sugerí que descansaran. Volvió a la cama y los dos se durmieron. Yo me mantuve
en un rincón, dormitando también. La escuchaba respirar de vez en cuando, y
seguía durmiendo. Me retiré y los dejé solos. A las 16.15 volví y seguían
durmiendo, las contracciones seguían siendo de 1,30 minutos y cada 3 minutos.
A las 17 ya el dolor era más intenso, y a las 17.30 se
levantó a caminar un poco, porque le sugerimos que necesitaba moverse. Se
apoyaba en la cama, en el marido y respiraba profundo, a veces con algún gemido
tranquilo. Ya empezaba a estar en el planeta parto y a decir que era doloroso.
En un momento dijo que tenía ganas de vomitar, le traje un recipiente y la
invité a hacerlo si quería. Vomitó. Decidimos que era momento de salir. Nos
fuimos los tres en un taxi.
Hasta ahí todo iba sobre ruedas. Las contracciones eran muy
seguidas y mucho más intensas, pero se mantenía muy relajada, y las sobrellevaba
muy bien. Al llegar a la institución, a las 18.15, estaba con 6 cm de dilatación. Y aquí es
dónde me quiero poner a reflexionar, porque toda la tranquilidad lograda fue
desprotegida, intervenida, a mi entender no respetada. Yo estaba allí, y como doula
no podía seguir apoyando a la pareja, como lo había hecho hasta ese momento. No
había tiempo de pensar y pedir. Todo transcurría muy rápido. El papá sacó el
plan de parto y la partera, que, ojo, me pareció muy amorosa, sonriente,
amable, no se molestó en leerlo. Dijo que no había tiempo, que no podía, que
ellos podrían ir diciendo en el
transcurso. ¡Eso era imposible! Una pareja que se toma el trabajo de
informarse y prepararse, y realizar un plan, es porque sabe que en esos
momentos es muy difícil ponerse a pensar(no tienen que hacerlo), quiere
facilitarle las cosas a la persona que lo asiste para no tener que ponerse a
hablar y discutir. El solo hecho de tener un plan de parto, en un papel,
firmado, da la pauta de que pensaron y decidieron sobre lo que quieren para el
nacimiento de su hija/o, y son conscientes de que a veces los planes no salen
como lo hubieran querido y están dispuestos a los cambios. ¡El Plan de parto de
esta pareja no fue tenido en cuenta! Si lo hubieran leído no le hubieran puesto,
como primera medida al llegar, una vía, por la que sacaron sangre, y pusieron
dextrosa. La luz fuerte de la salita, la camilla incómoda, las conversaciones
en voz alta, gente que entraba y salía, la explicación de lo que le hacían
firmar, el monitoreo (por cierto necesario para saber si todo estaba bien) que
se lo daban a sostener a ella (me acerqué y lo sostuve yo), el tacto, la
explicación sobre la peridural…todo en medio de la serie de contracciones
seguidas en la que la mamá trataba de relajarse y respirar profundo y le decían
hacelo así o asá. Todo eso despierta el neocórtex, llena de adrenalina a la
madre, y no la ayuda. Seguía allí sin decir palabra para poder quedarme lo más
posible al lado de esa pareja que quería que yo estuviera, pero la verdad tenía
ganas de salir corriendo y volver a la casa, a ese ambiente tan tranquilo y
acogedor, quería pedir que no le hicieran todo lo que le estaban haciendo,
porque no veía intensiones de dejarla tranquila. Pero también sabía que si nos
subía el nivel de adrenalina no estaría ayudando al proceso y la oxitocina
podría desaparecer, y le podrían oxitocina sintética, además de que me iban a
hacer salir. Por lo que volví a mi paz interior para calmar un poco el
ambiente. Me vino bien retirarme a ir a hacer los trámites de la internación(un
tema aparte, porque si yo no estaba era el papá quien los tenía que hacer y la
mamá no quería que la dejara). Me hicieron leer tres páginas para dar
consentimiento de un montón de cosas que ya no recuerdo porque lo único que quería
era estar con esa mamá, y me explicaron temas de la hotelería… ¿Es necesario
todo eso en ese momento? ¿No se puede hacer antes, durante el embarazo cuando
la pareja decide tener su bebé ahí? Volví a la salita y la mamá vomitó dos
veces, lo que indica avance en la dilatación. La pasaron a una silla de ruedas
y la subieron a la habitación de preparto, apareció el médico que la atendería,
se presentó y dijo que todavía no había sala de parto libre y se fue. Las luces
todas encendidas, hablaban fuerte. La acomodaron en la cama, colgaron el suero
y la partera se fue. Bajamos las luces, pusimos música y ella ya decía que no
aguantaba más. Le recordamos que estaba ya en la fase de transición y que no
faltaría mucho. Algunos masajes en la espalda la aliviaron. Quise fijarme en la
ducha pero no encontré un banquito para sentarla. Le ofrecí de hacer pis,
además pensando en que seguramente el inodoro la calmaría, pero enseguida dijo
“tengo sed” y salí a buscar agua (me había dejado la botellita en la casa…) y
por desgracia me la crucé a la partera que dijo “no, que no tome agua que el
anestesista nos mata”. ¡Ya daba por sentado que le pondrían peridural. Corrió a
la habitación con unas gasas y le ofreció mojarse los labios. Allí entró el
obstetra diciendo que ya se había liberado la sala de partos, agregando “hoy
salen todas rápido”… Otra vez la monitorean(la beba estaba perfecta) y se pone,
la partera a hablar con el papá, los dos parados a los lados de la mamá, en voz
fuerte, y no paraban más… Otra vez tuve que recurrir a mi paz interior y
paciencia… fue todo tan rápido, porque 19.20 le hacen un tacto y ya estaba con
8 cm, la sentaron en la silla y la llevaron para poner la peridural. Al papá no
lo dejaban estar (aunque en el plan pedían que querían estar juntos en ese
caso), así que se fue a cambiar. Ahí fue donde quedé afuera y cerraron la
puerta. Volví a la habitación sola, recapitulando, un poco perturbada. Sale el
papá y le digo que pida poca peri, y me pide consejos para ayudarla a pujar.
Vuelvo a la habitación, bastante desolada por la prisa y las
intervenciones, pero tratando de pensar positivo, porque todo había ido tan
bien, rápido, que confiaba en ella. Sale
la partera y me pide que le alcance el monitor. Se lo llevo y le pido que le
pongan poca peridural, que venía haciendo un trabajo de parto bárbaro desde la
casa (esto también lo escuchó el obstetra que se acercó en ese momento), y me
dice que ponen poca. Volvieron a cerrar la puerta.
Me quedé ahí, tratando de aceptar que ya no podía
acompañarlos en persona, ni hacer nada para protegerlos de lo que me temía que
pasaría. Allí estaba, muy conmocionada por todo lo que había vivido, sabiendo
que me quedaría hasta que naciera para finalizar mi trabajo como doula ( verlos
juntos, vinculándose, viendo como comenzaban con la lactancia) con una cantidad
de emociones encontradas…cuando aparece una enfermera que me dice que me tengo
que ir porque había terminado el horario de visita, que los podría ver al día
siguiente. Le expliqué que era la doula y que los había acompañado todo el
trabajo de parto y me dice que espere abajo, que al nacer le pediría al papá
que me buscara para verlos 5 minutos. Algo es algo, pensé, y me dispuse a
bajar. Cuando estoy por tomar el ascensor me topo con toda la familia que
estaban esperando… Les digo que está en sala de partos y bajo. No quería
quedarme con ellos porque ya no me habían tratado bien antes, cuestionando mi
trabajo y las elecciones de sus hijos.
Bajé y me comuniqué con mi compañero al que llamo “mi doulo”
porque me contiene, me acompaña, y le pedí que viniera. Me comuniqué con mi
grupo de doulas que allí estaban también apoyándome y dándome ánimo. Fui un
rato al oratorio y recé. Lloré. Lloré mucho. Por ver tan de cerca este sistema
perverso al que nos tenemos que someter si queremos parir en una institución.
Un sistema apurado, donde todos se cubren las espaldas, donde no se tiene en
cuenta a la persona que está viviendo el momento más importante de su vida, ni
a la personita que está llegando a este mundo. Las personas que estaban allí no
parecían malas o agresivas, pero el sistema las obliga a hablar, a explicar, a
intervenir, y eso si es agresivo para una parturienta. Entiendo que muchas
mujeres llegan sin ninguna información, desesperadas por el dolor porque no
tienen ningún recurso para sobrellevarlo, que no tienen ni idea cómo funciona
su cuerpo en el parto, y solo piden que les saquen al bebé ya. Pero no era el
caso de estos chicos, ni el caso de mis otras alumnas, y otras tantas, que se
preocuparon por prepararse, por conectarse, y saben cómo manejarse, que saben
qué quieren o qué no quieren, que tienen una actitud de entrega y de apertura
para enfrentar los cambios en los planes, pero no dejan de ser primerizas que
no toman total conciencia de lo que saben porque no lo vivieron, y muchas veces
ponen toda su confianza en el médico que las atiende.
Mientras esperaba que mi compañero llegara, nos comunicamos
con el papá por mensajes.” La beba está alta, no baja, ¿les propongo cambiar de
postura?”. “Si, y que los dejen solos”…” No baja”… “Bajaron los latidos y
quieren hacer una cesárea”. “ No puede pujar, está asustada.”. “ La beba se
hizo caca y la quieren llevar ya al quirófano”…”Estoy nervioso”. Era momento de
tranquilizar al papá y ayudarlo a aceptar lo que estaba pasando para que la
ayudara a su mujer a aceptar la cesárea, guiarla para que respirara tranquila
así seguía oxigenando a su bebita. Él logró tranquilizarse (eso fue lo que me
escribió) y me dijo que ya la operaban.
A todo esto mi compañero ya había
llegado y había tomado una revista que estaba en la sala de espera. Se puso a
leer un artículo que escribía una doctora del sanatorio en el que estábamos,
sobre El Parto Respetado, y cómo en dicho sanatorio cumplían con la ley en la
atención a sus pacientes… Por lo que presencié, ya al no leer su plan de parto,
no los estaban respetando (más allá del resultado). En este sanatorio, como en
muchos otros, no permiten la presencia de una doula, no las aceptan aún, porque
las ven como una amenaza en vez de darse cuenta que favorecen el proceso, por
lo que tuve que retirarme sin haber visto a los papás con su beba, sin
completar un trabajo que comencé hace 4 meses.
No soy de las personas extremistas o fundamentalistas que
creen que es blanco o negro, que es parto en casa para que sea natural (con los
riesgos que eso puede conllevar), o parto medicalizado en institución. Tampoco
estoy en contra de uno o de otro. El parto en casa, bien programado, con un
equipo idóneo que esté preparado con lo necesario para salir al hospital si es
necesario, puede ser una opción muy buena si la pareja así lo desea, pero
también hay que pagarlo porque el sistema de salud no lo aprueba, no lo cubre. El
trabajo de parto en casa y el traslado a la institución para el parto también
es una buena opción, pero hay que elegir el lugar que realmente respete el
proceso, el trabajo que se inició en la casa, y los deseos de la pareja que
llega y que desea o no que le realicen ciertos procedimientos, que quizás
necesite la presencia de su doula, y cuando desean eso ( un parto seguro, sin
intervención, respetado) también tienen que pagarlo aparte. Creo que el parto
en sanatorio es posible, yo misma tuve cuatro partos de esa manera, pero
tenemos un gran camino que recorrer. Como dice Michel Odent: “Es tan sencillo
lo que hay que entender sobre el proceso del parto, sobre cómo funciona el
cóctel de hormonas del amor, sobre cómo hay que evitar que se active el
neocórtex para dejar que funcione el cerebro primitivo, etc; pero el
condicionamiento cultural es muy, muy fuerte, y los intereses que giran
alrededor también…” Creo que lo mejor sería que pudiéramos conciliar.
Cuando escucho los relatos de mis alumnas, a las que no
acompaño al parto, o cuando las acompaño que tengo que dejarlos solos en algún
momento porque no me dejan estar, me replanteo, cada vez, mi trabajo. Este
trabajo siempre supuso hacer que se conecten con lo que viven, con su bebé en
la panza, con sus emociones, sus historias, su cuerpo, con su pareja y con la vida que les
espera una vez nacido su bebé, que tengan herramientas para atravesar el dolor,
que lo resignifiquen, que logren detenerse y disfrutar, que logren sentirse
confiadas porque está en su naturaleza ser madres, que logren tener apertura
frente a los cambios y a las dificultades que puedan presentarse, etc. Pero al
replantear pienso que además hay que empoderarlas (palabra que está tan en boga
hoy en día y no porque sí) para que tengan la fuerza suficiente para enfrentarse
al sistema que va a intentar someterlas a lo que ellos quieren o les conviene,
insistir en no llegar demasiado temprano a la clínica, a no prestar atención a
la fecha de vencimiento si todo está bien, a conocer la Ley de Parto Respetado,
a realizar un plan de parto porque
tienen derechos. ¿Hay que enseñarles a defenderse, a luchar, a no
endiosar a los médicos? Eso realmente me da mucha tristeza, porque lo que
debería ser el momento más lindo y sagrado de la vida, un momento que debería
ser vivido con serenidad y alegría, pasa a convertirse en un momento de ¿enfrentamiento,
combate? Realmente hay que EMPODERARLAS!… ¿Cuándo van a dejar de pensar en la
embarazada como una persona enferma a la que hay que atender y empezarán a
acompañarla? Obvio que hay casos especiales pero no son los más. ¿Qué le pasa a
la sociedad que piensa que una cesárea programada es lo mismo que un parto
vaginal y fisiológico? ¿Cómo pensar que la oxtocina sintética es lo mismo que
la natural cuando hay estudios que afirman lo contrario? Hay quienes dicen que una mujer para parir no
necesita que le enseñen cómo hacerlo. Claro, estoy de acuerdo, pero en un
sistema así necesita ser preparada, informada, empoderada, adquirir confianza
en sí misma, porque el sistema le dice que tiene que ser atendida, que necesita
que alguien la asista porque sola no va a poder… Los que acompañamos a
parturientas tenemos que dar un giro. Si el sistema de salud no lo da, las
educadoras prenatales, las doulas, tenemos que hacer un trabajo previo con las
mamás y sus parejas.
Sigo aclarando que no estoy en contra de todo. Sé que hay circunstancias en las que hay que
intervenir, y gracias a la ciencia que nos da posibilidades para salvar vidas.
Pero ¿Qué estamos haciendo con lo que transcurre de manera normal, natural y
fisiológica? ¿Por qué se asusta a la embarazada con posibles riesgos de los que
no se está cien por ciento seguro? Como decir que hay que hacer cesárea porque
la ecografía arrojó que el bebé va a pesar más de cuatro kilos, estando en la
semana 39, y eso es riesgoso porque puede haber sufrimiento o dislocación del
hombro… Le pasó a una alumna!! La asustó tanto el médico, a tal punto de
decirle que él no tomaba el riesgo y que la responsabilidad era toda de ellos,
que accedieron, sin siquiera intentar un trabajo de parto, y, oh sorpresa, la
beba pesó 3,800 k (cabe decir que se venía el fin de semana largo de
carnaval…). A mí no me la cuentan!! Tuve 2 hijas de más de 4 kilos y sin
anestesia!!
Desde mi pequeño espacio, desde mi humilde lugar, seguiré
trabajando para ir cambiando de a poquito, con mucho amor, porque es lo que
necesita ese momento de la vida, con paciencia y dedicación, como lo hacen y lo
han hecho otras tantas, como mi querida Brígida, porque estamos en el camino
para lograr un cambio de conciencia, por que
“Para cambiar el mundo, hay que empezar por cambiar la forma
de nacer”, Michel Odent

