Inaika

martes, 6 de septiembre de 2016

MÁS AMOR Y RESPETO EN LOS NACIMIENTOS. ¿ES MUCHO PEDIR?


Por dónde empezar a escribir… Son muchas las emociones que se agolpan en mi ser; emoción, alegría, satisfacción, orgullo, y hasta cierta serenidad, pero a la vez siento bronca, impotencia, tristeza… todo esto me lleva a escribir estas líneas, porque no puedo quedarme callada, no puedo guardarme todo esto y no hacer nada.

Quiero transmitirlo, agregar mi granito de arena, para que se tome conciencia, para que no pasen más estas cosas, para empoderar a las parejas que van a tener un bebé.  Que se animen a pedir lo que por derecho les corresponde, ser protagonistas del nacimiento de sus hijos, que las dejen parir, que pidan el tiempo que necesitan, intimidad, protección del proceso natural y fisiológico… y esto no es pedir demasiado.

Soy Inés Cassagne, tengo 50 años, tuve 4 hijos hace 26, 24, 20 y 18 años. Hace tres años que empecé a trabajar como educadora prenatal siguiendo el método de Brígida Morgenroth, quién me preparó durante mis embarazos, con tanta sabiduría, calidez y amor. Para mi fue tan importante que desearía que cada mujer llegue al parto y a la maternidad con la confianza y la tranquilidad con la que yo pude llegar. En este camino estaba, cuando buscando instruirme y aprender más, descubrí a las doulas. No tenía idea de su existencia. Me anoté en un curso y me fasciné con la idea de llegar a ser una de esas maternales mujeres, que en silencio, con mucho amor, trabajan para mejorar los nacimientos, para que cada pareja elija lo mejor, según sus creencias y deseos, para el nacimientos de sus hijos. Ellas protegen el momento más importante y sagrado de la vida de las personas. Y así me embarqué en este viaje, estudiando, leyendo, haciendo otros cursos, poniéndome en contacto con ellas, enriqueciéndome de la experiencia y estilos de cada una.

Pero puedo ver cómo han cambiado las cosas(algunas para mejor y otras para peor), o yo tuve suerte con los médicos que me tocaron. Mis tres primeros hijos nacieron en el Sanatorio Mater Dei, el obstetra que me atendió durante el embarazo y asistió el parto fue el Dr. Ángel Fiorillo y la partera, que era de guardia pero siempre tuve la bendición de que fuera la misma y la que yo quería, fue Marta Arias. Mi cuarta hija nació en San Francisco, Córdoba, y mi médico fue el Dr. Daniel Casermeiro y no me acuerdo el nombre de la partera pero era una genia,  super respetuosa, hasta me ayudó a no tener episiotomía, que fue la única práctica médica que me habían realizado con los otros tres. Habiendo recibido la preparación me sentía segura de que no quería la peridural, que solo la pediría si la necesitaba (pero realmente no estaba en mis planes). ¡¡Nadie me la ofreció!! Nunca me pusieron una vía, ni suero, ni perfusión de oxitocina para inducir. Aún con bolsa rota desde las 20 hs , en mi primer embarazo, estuve internada desde las 0.30,con un ingreso con 2 cm de dilatación y con las contracciones que habían desaparecido, hasta la 15.30 que, sin ninguna intervención, solo un monitoreo intermitente,  empezó, sólo, el trabajo de parto. En todas esas horas nadie vino a molestar, me dieron libertad para moverme, solo me trajeron un té porque en esa época todavía se pensaba que no había que comer, y a las 17.35 nació mi beba, con 4,175 k, en la semana 40.
 En el parto de mi segunda hija recibí el mismo trato. En un momento, cuando ya no daba más pedí la peridural, pero la partera que sabía que yo en el fondo no la quería y apoyada por mi marido, y entendiendo ese “no doy más” como el momento de la transición, el momento final y más corto, con mucho tino me hizo meter en la ducha, sentada en un banquito con el chorro que me daba en la espalda. Fue maravilloso y aliviante! Caminando fui a la sala de partos! Allí la beba de 41.2 semanas, tenía que girar y estaba alta. Los dolores eran muy intensos y la beba se movía mucho entre contracciones. ¡Claro, estaba girando! Nadie intervino, nadie me asustó, nadie nombró la palabra cesárea! Solo me hicieron un tacto para ayudarla a girar. Esperaron y así nació Ine, con 4,500 k. El médico, que no era el mío ya que estaba de viaje, después me dijo: “si hubieras sido mi paciente, te hacía una cesárea”. La espera se la debo a la partera. Yo vivía en ese entonces momentos difíciles en mi matrimonio y problemas laborales y económicos, y es probable que me estuviera costando dejar que esa beba llegara a este mundo que no me era fácil, pero la preparación me ayudó a tener la fortaleza y tranquilidad para poder parir(y esto para ver cómo una situación determinada puede inhibir el proceso). En este parto lo pedí, y me dejaron parir en el sillón, cosa que era muy raro en esa época.
Con el tercero fue aún mejor porque además era más chiquito, nació con 3,300 k. Y con la cuarta, de 3,800 k, fue muy rápido, me interné a las 6.30 y nació 8.30. Fue tan rápido que la partera no me creía y no me quería revisar, y cuando logré que me hiciera caso tuvimos que ir a la sala de partos(esta vez en silla de ruedas porque la presión era tan fuerte que no podía caminar).
Como ya mencioné, la única práctica médica fue la episiotomía, que no se cuestionaba mucho en esa época. Hoy en día se sabe que es mejor un desgarro que el corte, aunque todavía hay muchos que la practican por rutina. También recibí enema en el primero, rasurado en el primero y segundo, e hicieron corte inmediato del cordón en los cuatro, todas prácticas que gracias a Dios se han dejado de hacer en general.
¡Realmente me siento bendecida! Tuve la oportunidad de saber que me podía preparar, porque mi madre se había preparado con sus 9 hijos con Brígida, además de haber trabajado con ella por 12 años, y dos de mis hermanas también habían asistido al curso. También tuve la oportunidad de hacer gimnasia durante el embarazo. Por otro lado me tocaron profesionales que supieron esperar, que no apresuraron los procesos, que confiaron en la fisiología y en lo que yo podía lograr, no solo porque mi cuerpo fue diseñado para parir como el de cualquier mujer, sino que sabían que estaba informada, preparada para manejar el dolor con la relajación y la respiración, y así dejaron que yo viviera ese proceso como tenía que ser.

Ahora que acompaño a las embarazadas soy más consciente de lo que viví en los nacimientos de mis hijos, y en la manera que fui respetada.

Escucho sus relatos y veo cómo, a pesar de estar informadas, preparadas, teniendo claro cómo desean traer al mundo a sus hijos, no se las respeta, no se las espera, se las asusta. Llegan a la institución con poca dilatación y les ponen oxitocina sintética. Pero es que son primerizas, no saben aún exactamente cuándo ir… ¿No saben los médicos y las parteras sobre la fisiología, sobre las hormonas naturales necesarias? ¿Por qué acelerar? ¿Por qué poner fecha de vencimiento si se sabe que cuando el bebé está listo para respirar por si solo libera una sustancia que provoca la liberación de oxitocina para que comience el trabajo de parto? Con la oxitocina sintética no viene la gratificación de las endorfinas, el alivio… ¿Cómo manejar así el dolor? Ah! Con peridural… No voy a entrar a enumerar la catarata de intervenciones, que quizás terminan en una cesárea. Y no estoy en contra de la cesárea, cuando es necesaria, ni tampoco en contra de la peridural que en algunos casos se necesita. Solo los pongo a reflexionar sobre la cantidad de cesáreas que se podrían haber evitado, solo con darle a la mujer las condiciones para que el parto se desencadene: protección, intimidad, silencio, luz baja, libertad de movimiento, la posibilidad de sumergirse en una bañadera (o por lo menos una ducha), un solo acompañante, o dos que mantengan el nivel de adrenalina muy bajo… Como dice Michel Odent: “una doula o una partera que esté sentada en un rincón tejiendo o durmiendo”, “el parto no es un proceso al que hay que ayudar, es un proceso fisiológico involuntario al que hay que proteger”.

No quiero terminar mi reflexión sin contarles el motivo que me llevó a escribir.

 Hace dos días fui a acompañar a una pareja que me contrató como doula. Durante 4 meses asistí a su casa, una vez por semana, para hacer una hora de gimnasia y una hora de curso (muchas veces era más de una hora). Esta pareja muy conectada, sensibles, con un interés único como no he visto, disfrutaron, tanto como yo, de cada encuentro. Tengo que decir que muchas veces me iba emocionada de verlos trabajar tan bien, y el ánimo se me iba por las nubes pensando en que valía realmente la pena el viaje que hacía para llegar a su casa. Con tanto amor y conciencia esperaban el nacimiento de su bebita, que hasta último momento no tenía nombre. Con mucha alegría me recibían cada martes, para aprender más, para conectarse con lo que estaban viviendo en cada etapa del embarazo, entre ellos como pareja, cada uno consigo mismo y sus historias, con su tan adorada bebé que estaba en la panza. Durante la práctica de la relajación podía sentir tanta paz.
Cada día los veía más confiados, más empoderados, seguros de lo que querían, a pesar de la contra que recibían de su entorno. Y así llegó el momento de realizar su plan de parto. Creo que se informaron más que yo para hacerlo. Cada punto fue estudiado y reflexionado. Juntos terminamos de darle el toque personal, acorde a sus preferencias.
En la semana 37 decidieron no atenderse con el médico que los seguía, e ingresar al Sanatorio Anchorena por guardia cuando llegara el momento, por lo que el plan de parto se hacía fundamental para que el/los que la recibieran tuvieran en claro qué era lo que deseaban, además de mostrarles que sabían y estaban informados sobre los procedimientos y sobre a lo que al proceso del parto se refiere.
En la última consulta con el médico, monitoreo en perfecto estado, el día miércoles, con una eco de hacía unos pocos días con líquido y placenta también perfectos, él les dice que ya casi en semana 41, el sábado se tendrían que internar. Como no se iban a atender con él, deciden esperar, pero el sábado a las 8 de la mañana pierde el tapón mucoso con algo de sangre. Cuando me lo informa a las 9, le digo que no se preocupe, que es normal algo de sangre y que no le diga a nadie y se quede tranquila, haciendo vida normal. Ya hacía unos días que tenía dolores como menstruales. Todo se iba preparando y solo había que esperar…  
A las 11  de la mañana las contracciones eran cada 3 minutos y duraban 1 minuto y no eran muy dolorosas.
Llegué a la casa a las 13.45 y estaba en la bañadera. Apagué la luz, puse música (la que usábamos en las clases para la relajación) y el papá prendió un par de velas. Me senté en un rincón con los ojos cerrados. Ella estaba tranquila, respiraba profundo en cada ola uterina, y el papá también se relajó en un costado. El ambiente estaba calentito, calmo.
Pasadas una hora y media de estar ahí, salió, yo me fui y el papá la ayudó a cambiarse. Quiso meterse en la cama, semisentada, acomodada con almohadones. Todavía hablaba algo entre contracciones, comió algo, tomó agua.
A las 14.45 las contracciones se hicieron más intensas, tenían una duración de 1,25 minutos y eran cada 3 minutos. Pasó a sentarse en la pelota y con algunos movimientos seguía muy tranquila respirando profundo, se apoyaba en el marido. A eso de las 15.30 dijo que estaba cansada y les sugerí que descansaran. Volvió a la cama y los dos se durmieron. Yo me mantuve en un rincón, dormitando también. La escuchaba respirar de vez en cuando, y seguía durmiendo. Me retiré y los dejé solos. A las 16.15 volví y seguían durmiendo, las contracciones seguían siendo de 1,30 minutos y cada 3 minutos.
A las 17 ya el dolor era más intenso, y a las 17.30 se levantó a caminar un poco, porque le sugerimos que necesitaba moverse. Se apoyaba en la cama, en el marido y respiraba profundo, a veces con algún gemido tranquilo. Ya empezaba a estar en el planeta parto y a decir que era doloroso. En un momento dijo que tenía ganas de vomitar, le traje un recipiente y la invité a hacerlo si quería. Vomitó. Decidimos que era momento de salir. Nos fuimos los tres en un taxi.
Hasta ahí todo iba sobre ruedas. Las contracciones eran muy seguidas y mucho más intensas, pero se mantenía muy relajada, y las sobrellevaba muy bien. Al llegar a la institución, a las 18.15,  estaba con 6 cm de dilatación. Y aquí es dónde me quiero poner a reflexionar, porque toda la tranquilidad lograda fue desprotegida, intervenida, a mi entender no respetada. Yo estaba allí, y como doula no podía seguir apoyando a la pareja, como lo había hecho hasta ese momento. No había tiempo de pensar y pedir. Todo transcurría muy rápido. El papá sacó el plan de parto y la partera, que, ojo, me pareció muy amorosa, sonriente, amable, no se molestó en leerlo. Dijo que no había tiempo, que no podía, que ellos podrían ir diciendo en el  transcurso. ¡Eso era imposible! Una pareja que se toma el trabajo de informarse y prepararse, y realizar un plan, es porque sabe que en esos momentos es muy difícil ponerse a pensar(no tienen que hacerlo), quiere facilitarle las cosas a la persona que lo asiste para no tener que ponerse a hablar y discutir. El solo hecho de tener un plan de parto, en un papel, firmado, da la pauta de que pensaron y decidieron sobre lo que quieren para el nacimiento de su hija/o, y son conscientes de que a veces los planes no salen como lo hubieran querido y están dispuestos a los cambios. ¡El Plan de parto de esta pareja no fue tenido en cuenta! Si lo hubieran leído no le hubieran puesto, como primera medida al llegar, una vía, por la que sacaron sangre, y pusieron dextrosa. La luz fuerte de la salita, la camilla incómoda, las conversaciones en voz alta, gente que entraba y salía, la explicación de lo que le hacían firmar, el monitoreo (por cierto necesario para saber si todo estaba bien) que se lo daban a sostener a ella (me acerqué y lo sostuve yo), el tacto, la explicación sobre la peridural…todo en medio de la serie de contracciones seguidas en la que la mamá trataba de relajarse y respirar profundo y le decían hacelo así o asá. Todo eso despierta el neocórtex, llena de adrenalina a la madre, y no la ayuda. Seguía allí sin decir palabra para poder quedarme lo más posible al lado de esa pareja que quería que yo estuviera, pero la verdad tenía ganas de salir corriendo y volver a la casa, a ese ambiente tan tranquilo y acogedor, quería pedir que no le hicieran todo lo que le estaban haciendo, porque no veía intensiones de dejarla tranquila. Pero también sabía que si nos subía el nivel de adrenalina no estaría ayudando al proceso y la oxitocina podría desaparecer, y le podrían oxitocina sintética, además de que me iban a hacer salir. Por lo que volví a mi paz interior para calmar un poco el ambiente. Me vino bien retirarme a ir a hacer los trámites de la internación(un tema aparte, porque si yo no estaba era el papá quien los tenía que hacer y la mamá no quería que la dejara). Me hicieron leer tres páginas para dar consentimiento de un montón de cosas que ya no recuerdo porque lo único que quería era estar con esa mamá, y me explicaron temas de la hotelería… ¿Es necesario todo eso en ese momento? ¿No se puede hacer antes, durante el embarazo cuando la pareja decide tener su bebé ahí? Volví a la salita y la mamá vomitó dos veces, lo que indica avance en la dilatación. La pasaron a una silla de ruedas y la subieron a la habitación de preparto, apareció el médico que la atendería, se presentó y dijo que todavía no había sala de parto libre y se fue. Las luces todas encendidas, hablaban fuerte. La acomodaron en la cama, colgaron el suero y la partera se fue. Bajamos las luces, pusimos música y ella ya decía que no aguantaba más. Le recordamos que estaba ya en la fase de transición y que no faltaría mucho. Algunos masajes en la espalda la aliviaron. Quise fijarme en la ducha pero no encontré un banquito para sentarla. Le ofrecí de hacer pis, además pensando en que seguramente el inodoro la calmaría, pero enseguida dijo “tengo sed” y salí a buscar agua (me había dejado la botellita en la casa…) y por desgracia me la crucé a la partera que dijo “no, que no tome agua que el anestesista nos mata”. ¡Ya daba por sentado que le pondrían peridural. Corrió a la habitación con unas gasas y le ofreció mojarse los labios. Allí entró el obstetra diciendo que ya se había liberado la sala de partos, agregando “hoy salen todas rápido”… Otra vez la monitorean(la beba estaba perfecta) y se pone, la partera a hablar con el papá, los dos parados a los lados de la mamá, en voz fuerte, y no paraban más… Otra vez tuve que recurrir a mi paz interior y paciencia… fue todo tan rápido, porque 19.20 le hacen un tacto y ya estaba con 8 cm, la sentaron en la silla y la llevaron para poner la peridural. Al papá no lo dejaban estar (aunque en el plan pedían que querían estar juntos en ese caso), así que se fue a cambiar. Ahí fue donde quedé afuera y cerraron la puerta. Volví a la habitación sola, recapitulando, un poco perturbada. Sale el papá y le digo que pida poca peri, y me pide consejos para ayudarla a pujar.
Vuelvo a la habitación, bastante desolada por la prisa y las intervenciones, pero tratando de pensar positivo, porque todo había ido tan bien, rápido, que confiaba en ella.  Sale la partera y me pide que le alcance el monitor. Se lo llevo y le pido que le pongan poca peridural, que venía haciendo un trabajo de parto bárbaro desde la casa (esto también lo escuchó el obstetra que se acercó en ese momento), y me dice que ponen poca. Volvieron a cerrar la puerta.  
Me quedé ahí, tratando de aceptar que ya no podía acompañarlos en persona, ni hacer nada para protegerlos de lo que me temía que pasaría. Allí estaba, muy conmocionada por todo lo que había vivido, sabiendo que me quedaría hasta que naciera para finalizar mi trabajo como doula ( verlos juntos, vinculándose, viendo como comenzaban con la lactancia) con una cantidad de emociones encontradas…cuando aparece una enfermera que me dice que me tengo que ir porque había terminado el horario de visita, que los podría ver al día siguiente. Le expliqué que era la doula y que los había acompañado todo el trabajo de parto y me dice que espere abajo, que al nacer le pediría al papá que me buscara para verlos 5 minutos. Algo es algo, pensé, y me dispuse a bajar. Cuando estoy por tomar el ascensor me topo con toda la familia que estaban esperando… Les digo que está en sala de partos y bajo. No quería quedarme con ellos porque ya no me habían tratado bien antes, cuestionando mi trabajo y las elecciones de sus hijos.
Bajé y me comuniqué con mi compañero al que llamo “mi doulo” porque me contiene, me acompaña, y le pedí que viniera. Me comuniqué con mi grupo de doulas que allí estaban también apoyándome y dándome ánimo. Fui un rato al oratorio y recé. Lloré. Lloré mucho. Por ver tan de cerca este sistema perverso al que nos tenemos que someter si queremos parir en una institución. Un sistema apurado, donde todos se cubren las espaldas, donde no se tiene en cuenta a la persona que está viviendo el momento más importante de su vida, ni a la personita que está llegando a este mundo. Las personas que estaban allí no parecían malas o agresivas, pero el sistema las obliga a hablar, a explicar, a intervenir, y eso si es agresivo para una parturienta. Entiendo que muchas mujeres llegan sin ninguna información, desesperadas por el dolor porque no tienen ningún recurso para sobrellevarlo, que no tienen ni idea cómo funciona su cuerpo en el parto, y solo piden que les saquen al bebé ya. Pero no era el caso de estos chicos, ni el caso de mis otras alumnas, y otras tantas, que se preocuparon por prepararse, por conectarse, y saben cómo manejarse, que saben qué quieren o qué no quieren, que tienen una actitud de entrega y de apertura para enfrentar los cambios en los planes, pero no dejan de ser primerizas que no toman total conciencia de lo que saben porque no lo vivieron, y muchas veces ponen toda su confianza en el médico que las atiende.
Mientras esperaba que mi compañero llegara, nos comunicamos con el papá por mensajes.” La beba está alta, no baja, ¿les propongo cambiar de postura?”. “Si, y que los dejen solos”…” No baja”… “Bajaron los latidos y quieren hacer una cesárea”. “ No puede pujar, está asustada.”. “ La beba se hizo caca y la quieren llevar ya al quirófano”…”Estoy nervioso”. Era momento de tranquilizar al papá y ayudarlo a aceptar lo que estaba pasando para que la ayudara a su mujer a aceptar la cesárea, guiarla para que respirara tranquila así seguía oxigenando a su bebita. Él logró tranquilizarse (eso fue lo que me escribió) y me dijo que ya la operaban. 
A todo esto mi compañero ya había llegado y había tomado una revista que estaba en la sala de espera. Se puso a leer un artículo que escribía una doctora del sanatorio en el que estábamos, sobre El Parto Respetado, y cómo en dicho sanatorio cumplían con la ley en la atención a sus pacientes… Por lo que presencié, ya al no leer su plan de parto, no los estaban respetando (más allá del resultado). En este sanatorio, como en muchos otros, no permiten la presencia de una doula, no las aceptan aún, porque las ven como una amenaza en vez de darse cuenta que favorecen el proceso, por lo que tuve que retirarme sin haber visto a los papás con su beba, sin completar un trabajo que comencé hace 4 meses.

No soy de las personas extremistas o fundamentalistas que creen que es blanco o negro, que es parto en casa para que sea natural (con los riesgos que eso puede conllevar), o parto medicalizado en institución. Tampoco estoy en contra de uno o de otro. El parto en casa, bien programado, con un equipo idóneo que esté preparado con lo necesario para salir al hospital si es necesario, puede ser una opción muy buena si la pareja así lo desea, pero también hay que pagarlo porque el sistema de salud no lo aprueba, no lo cubre. El trabajo de parto en casa y el traslado a la institución para el parto también es una buena opción, pero hay que elegir el lugar que realmente respete el proceso, el trabajo que se inició en la casa, y los deseos de la pareja que llega y que desea o no que le realicen ciertos procedimientos, que quizás necesite la presencia de su doula, y cuando desean eso ( un parto seguro, sin intervención, respetado) también tienen que pagarlo aparte. Creo que el parto en sanatorio es posible, yo misma tuve cuatro partos de esa manera, pero tenemos un gran camino que recorrer. Como dice Michel Odent: “Es tan sencillo lo que hay que entender sobre el proceso del parto, sobre cómo funciona el cóctel de hormonas del amor, sobre cómo hay que evitar que se active el neocórtex para dejar que funcione el cerebro primitivo, etc; pero el condicionamiento cultural es muy, muy fuerte, y los intereses que giran alrededor también…” Creo que lo mejor sería que pudiéramos conciliar.

Cuando escucho los relatos de mis alumnas, a las que no acompaño al parto, o cuando las acompaño que tengo que dejarlos solos en algún momento porque no me dejan estar, me replanteo, cada vez, mi trabajo. Este trabajo siempre supuso hacer que se conecten con lo que viven, con su bebé en la panza, con sus emociones, sus historias,  su cuerpo, con su pareja y con la vida que les espera una vez nacido su bebé, que tengan herramientas para atravesar el dolor, que lo resignifiquen, que logren detenerse y disfrutar, que logren sentirse confiadas porque está en su naturaleza ser madres, que logren tener apertura frente a los cambios y a las dificultades que puedan presentarse, etc. Pero al replantear pienso que además hay que empoderarlas (palabra que está tan en boga hoy en día y no porque sí) para que tengan la fuerza suficiente para enfrentarse al sistema que va a intentar someterlas a lo que ellos quieren o les conviene, insistir en no llegar demasiado temprano a la clínica, a no prestar atención a la fecha de vencimiento si todo está bien, a conocer la Ley de Parto Respetado, a realizar un plan de parto porque  tienen derechos. ¿Hay que enseñarles a defenderse, a luchar, a no endiosar a los médicos? Eso realmente me da mucha tristeza, porque lo que debería ser el momento más lindo y sagrado de la vida, un momento que debería ser vivido con serenidad y alegría, pasa a convertirse en un momento de ¿enfrentamiento, combate? Realmente hay que EMPODERARLAS!… ¿Cuándo van a dejar de pensar en la embarazada como una persona enferma a la que hay que atender y empezarán a acompañarla? Obvio que hay casos especiales pero no son los más. ¿Qué le pasa a la sociedad que piensa que una cesárea programada es lo mismo que un parto vaginal y fisiológico? ¿Cómo pensar que la oxtocina sintética es lo mismo que la natural cuando hay estudios que afirman lo contrario?  Hay quienes dicen que una mujer para parir no necesita que le enseñen cómo hacerlo. Claro, estoy de acuerdo, pero en un sistema así necesita ser preparada, informada, empoderada, adquirir confianza en sí misma, porque el sistema le dice que tiene que ser atendida, que necesita que alguien la asista porque sola no va a poder… Los que acompañamos a parturientas tenemos que dar un giro. Si el sistema de salud no lo da, las educadoras prenatales, las doulas, tenemos que hacer un trabajo previo con las mamás y sus parejas.

Sigo aclarando que no estoy en contra de todo. Sé que  hay circunstancias en las que hay que intervenir, y gracias a la ciencia que nos da posibilidades para salvar vidas. Pero ¿Qué estamos haciendo con lo que transcurre de manera normal, natural y fisiológica? ¿Por qué se asusta a la embarazada con posibles riesgos de los que no se está cien por ciento seguro? Como decir que hay que hacer cesárea porque la ecografía arrojó que el bebé va a pesar más de cuatro kilos, estando en la semana 39, y eso es riesgoso porque puede haber sufrimiento o dislocación del hombro… Le pasó a una alumna!! La asustó tanto el médico, a tal punto de decirle que él no tomaba el riesgo y que la responsabilidad era toda de ellos, que accedieron, sin siquiera intentar un trabajo de parto, y, oh sorpresa, la beba pesó 3,800 k (cabe decir que se venía el fin de semana largo de carnaval…). A mí no me la cuentan!! Tuve 2 hijas de más de 4 kilos y sin anestesia!!

Desde mi pequeño espacio, desde mi humilde lugar, seguiré trabajando para ir cambiando de a poquito, con mucho amor, porque es lo que necesita ese momento de la vida, con paciencia y dedicación, como lo hacen y lo han hecho otras tantas, como mi querida Brígida, porque estamos en el camino para lograr un cambio de conciencia, por que

“Para cambiar el mundo, hay que empezar por cambiar la forma de nacer”, Michel Odent